Shock, un síndrome grave que nos necesita.

El shock se define como la incapacidad para proporcionar una perfusión suficiente de sangre oxigenada y sustratos a los tejidos para satisfacer las demandas metabólicas.

Cualquier sea su etiología, es un síndrome extremadamente grave. Tiene una de las mayores tasas de mortalidad inmediata y a corto/mediano plazo (40-50% en pacientes con shock séptico y del 50-80% en aquellos con shock cardiogénico puro). Debemos tener en cuenta que muchas veces un shock no cardiogénico (distributivo, hipovolémico y obstructivo) afecta a pacientes con enfermedad cardiovascular previa y/o deterioro severo de la función ventricular. Con lo cual la capacidad de respuesta a las diferentes noxas se encuentra severamente afectada.

Además, dichas noxas pueden afectar al corazón de manera directa o indirecta dando como resultado disfunción cardíaca secundaria. Aumentando así la gravedad y empeorando el pronóstico.

Otro escenario posible es en el cual el paciente es afectado por diferentes tipos de shock de manera simultánea (shock mixto). Lo cual vuelve más complejo y dificultoso su manejo aumentando lógicamente su mortalidad.

El shock es potencialmente letal y puede llegar a ser reversible siempre que se realice un diagnóstico precoz, se proporcione el tratamiento adecuado, tanto de sostén (inotrópicos, vasopresores, diuréticos, asistencia ventilatoria mecánica, asistencia ventricular, etc.), como el específico para la causa desencadenante (revascularización, antibióticos, cirugía, etc.) con el fin de proporcionar una adecuada perfusión a los tejidos. Disminuyendo el disbalance entre “oferta y demanda”.

Para el tratamiento y manejo de los diferentes tipos de shock pesa mucho la experiencia y el conocimiento de la fisiopatología por parte del equipo tratante (hago hincapié en “equipo” porque en medicina critica es crucial el hecho de trabajar en equipo médicos, enfermeros, kinesiólogos, camilleros, personal de limpieza, etc.). Sin embargo, dicha experiencia no debe estar por encima de datos objetivos sobre el estado del paciente y las diferentes respuestas a los tratamientos instaurados. Para eso es sumamente importante disponer de diferentes tipos de monitoreos continuos (frecuencia cardíaca, saturación de oxígeno, tensión arterial, cuantificación de diuresis, etc.) e intermitentes (estado ácido base, ácido láctico, saturación venosa, etc.). Además, debemos tener objetivos claros a los cuales llegar mediante dichos tratamientos.

El conocimiento sobre la fisiopatología del shock, la disponibilidad de diferentes tipos de monitoreos y asistencia mecánica sigue creciendo. A pesar de eso la mortalidad sigue siendo muy alta.

Por lo tanto, es muy importante conocer las diferentes guías de tratamiento y sobre todo realizar un diagnóstico precoz (idealmente diagnosticar el pre-shock). El tiempo que tardemos en realizar estas acciones es inversamente proporcional al pronóstico y mortalidad de nuestros pacientes.

El shock afecta no solo al paciente, sino al equipo tratante que sabe que a pesar de hacer nuestro mejor esfuerzo y aunque contemos con toda la “maquinaria” posible, es probable que el paciente no tenga buenos resultados. A pesar de eso no nos rendimos ante este panorama y seguimos aprendiendo día a día cómo mejorar el tratamiento de los diferentes tipos de shock. Terreno en el cual se juntan los cuidados críticos y la cardiología. Dando lugar de a poco a una nueva subespecialidad… la cardiología crítica.

Dr. Ignacio Rios

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