El riesgo cardíaco de las emociones negativas

Por Alejandra Folgarait

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En los adolescentes, la enfermedad bipolar y el desorden depresivo mayor son factores de riesgo de aterosclerosis antes de los 30 años y de enfermedad cardíaca prematura, acaba de declarar la American Heart Association (AHA).

La AHA recomendó que los cardiólogos presten atención al estado de ánimo de sus pacientes jóvenes independientemente de si están medicados o no, ya que los dos trastornos psicopatológicos se asocian frecuentemente a la hipertensión, el colesterol alto, la obesidad abdominal, la diabetes tipo 2 y el endurecimiento de las arterias.

“Los trastornos del ánimo son generalmente enfermedades crónicas; manejar el riesgo cardiovascular en forma temprana y asertiva es importante si queremos que la próxima generación tenga resultados cardiovasculares mejores”, señaló el psiquiatra Benjamin Goldstein, quien encabezó el panel de expertos que declaró a la bipolaridad y la depresión severa como factores de riesgo moderado para los adolescentes.

Mente y cuerpo

Si bien la advertencia de la AHA es nueva, el íntimo vínculo que existe entre las emociones y las enfermedades del corazón se reconoce desde tiempos remotos. En la actualidad, quizás son los campeonatos de fútbol los que revelan en forma más elocuente la relación entre el estrés y los eventos cardiovasculares. Pero lo cierto es que el impacto de las emociones en la salud cardíaca se observa en muchos otros ámbitos, desde la virtualidad de las redes sociales hasta las camas de los hospitales.

Por ejemplo, un estudio mostró en enero pasado que el lenguaje que expresa emociones negativas en Twitter predice la mortalidad coronaria en los Estados Unidos mejor que factores de riesgo clásicos como el tabaquismo, la diabetes, la obesidad y la hipertensión. Otro estudio, cuyos resultados preliminares fueron presentados en Sevilla en mayo pasado, reveló que los pacientes con insuficiencia cardíaca y que están deprimidos en forma moderada a severa tienen cinco veces más riesgo de morir que el resto.

Si bien ciertos fármacos antidepresivos, como los inhibidores de la recaptación de la serotonina, han mostrado ser seguros en pacientes cardíacos, no han probado hasta ahora modificar su pronóstico. Los especialistas recomiendan, entonces, derivarlos a “counseling” o tratarlos con psicoterapia.

Estrés, ira, traumas

Uno de los vínculos más firmes entre emociones y corazón se observa entre la ira –como rasgo de personalidad y como respuesta emocional al estrés- y la isquemia de miocardio.

“Existen evidencias epidemiológicas de la relación entre catástrofes ambientales y socioculturales y la aparición de eventos cardiovasculares, así como también con eventos negativos recientes en la vida, complicaciones en el trabajo y algunos aspectos del carácter o del estado emocional como la depresión”, explica Carlos Tajer, jefe de Cardiología del Hospital El Cruce, de Buenos Aires.

“Aunque el uso habitual de la palabra ´estrés´ pretende englobar estas experiencias negativas, el concepto es muy indefinido”, advierte el ex presidente de la SAC. “Alguien puede describirse como estresado porque tiene mucho trabajo y otro, porque ha perdido una mascota en un accidente. Estas dos circunstancias no guardan relación entre sí, una simplemente es una exigencia y la otra, una tristeza”.

De todos modos, el cardiólogo argentino señala que “hay muchas investigaciones sobre la asociación de eventos negativos recientes o situaciones de distrés emocional y la aparición de eventos de cardiopatía isquémica aguda, como el infarto o las anginas inestables”.

Los psicocardiólogos coinciden. “Hay factores psicosociales -dificultades en la pareja, problemas en el trabajo, estrés familiar, aislamiento social, depresión- que influyen en las enfermedades cardíacas”, afirma la psicocardióloga argentina Alix Utne, directora del Consejo de Aspectos Psicosociales de la SAC. “Siempre hay que preguntarle al paciente qué significa el estrés para él y ver las alteraciones en los patrones de alimentación, sueño y sexualidad ante la situaciones amenazantes”.

La ansiedad es un estado psicológico y también un rasgo de personalidad presente en los pacientes que han tenido eventos cardíacos, según confirmó la psicóloga Carolina Pereyra Girardi, quien se doctoró en Humanidades Médicas con un estudio sobre las emociones negativas en hombres argentinos con síndromes agudos coronarios.

“Estos pacientes no sólo tienen altos niveles de ansiedad sino también rasgos de pensamiento catastrófico y una baja autoeficacia en el manejo del estrés, lo cual se asocia con una baja adherencia terapéutica y otros factores de riesgo cardiovascular”, explica la becaria postdoctoral del Conicet en el Instituto Taquini (ININCA) de la UBA.

Pereyra Girardi agrega que los pacientes coronarios presentan más irritabilidad e impaciencia que el resto de las personas, además de poca atención al cansancio y poco control de los impulsos, todos rasgos englobados generalmente en la personalidad tipo A.

También se ha encontrado una fuerte asociación entre el los traumas y los eventos agudos coronarios. Un estudio epidemiológico realizado durante 20 años con 50.000 enfermeras norteamericanas (NHS II) reveló que los eventos traumáticos pueden aumentar el riesgo de infarto de miocardio y accidente cerebrovascular (ACV) en las mujeres.

De acuerdo con el análisis publicado en Circulation por Jennifer Sumner y sus colegas de las universidades de Columbia y Harvard, el riesgo cardiovascular es un 60% mayor en las mujeres que presentan cuatro o más indicadores de síndrome postraumático (PTSD) que en las que no han experimentado un trauma.

Si bien el estudio, realizado con cuestionarios de violencia (BTQ), no prueba una relación causal entre el estrés traumático y los problemas cardiovasculares –la obesidad, el tabaquismo, el sedentarismo y otros factores también intervienen en el riesgo-, los especialistas en Salud Pública recomiendan evaluar tempranamente a las mujeres que han vivido un trauma y presentan síntomas como insomnio, problemas de concentración, fatiga, pesadillas, flashbacks o irritabilidad. “El sistema médico debe dejar de tratar la mente y el cuerpo como si fueran entidades separadas”, subrayó el epidemiólogo Karestan Koenen, co-autor del estudio.

Intervenciones

Utne señala que los factores psicosociales muchas veces agravan los factores de riesgo cardiovascular clásicos. Por ejemplo, una persona deprimida o estresada fuma más, come peor o no duerme en forma adecuada. La cardiopatía isquémica y la hipertensión son las patologías más asociadas a los factores psicosociales, apunta Utne. “Si se previenen o tratan estos factores, los pacientes enfrentan mejor las intervenciones quirúrgicas y hemodinámicas, mejoran con hábitos saludables su estilo de vida, y sufren menos reincidencia de eventos”, alienta la psicocardióloga de la SAC.

Existen distintas técnicas para controlar y manejar el estrés, que incluyen desde la meditación y el rezar hasta tejer y pintar. Pereyra Girardi recomienda implementar talleres psicoeducativos grupales que brinden distintas herramientas (técnicas de respiración, relajación y resolución de problemas) para pacientes y, también, para médicos.

“Se puede trabajar efectivamente sobre la conducta y los pensamientos con técnicas conductivo-conductuales; sin embargo, para hacer prevención secundaria, es preciso también reconocer la etiología de la enfermedad y profundizar sobre qué llevó a un paciente a enfermar”, reflexiona la psicoanalista Utne.

Por otra parte, algunos estudios empiezan a mostrar el efecto “protector” del optimismo y las emociones positivas. Según investigadores del estudio MESA sobre aterosclerosis, las personas que tienen expectativas positivas respecto del futuro muestran mejores indicadores cardiovasculares y un estilo de vida más saludable que las pesimistas, independientemente de parámetros sociodemográficos como la edad y la clase social. Algunos psicólogos aseguran que los altos niveles de optimismo se asocian con una reducción del 50% del riesgo cardiovascular.

Pero ¿cuánto puede modificarse el optimismo o el pesimismo de una persona? ¿Protege el optimismo la salud cardiovascular y hace que la gente sea más activa, deportista y tenga mejores niveles de colesterol y glucemia? ¿O los que hacen deporte y están más sanos se sienten mejor y son, por eso, más optimistas? Jorge Thierer, jefe de Insuficiencia Cardíaca del CEMIC, señala que “como el MESA es un estudio transversal, es difícil establecer una relación causal más allá de la asociación estadística”.

Para Utne, “en principio hay que diferenciar entre una crisis y un trastorno depresivo”. Por su parte, Pereyra Girardi insiste en que “es posible entrenar las emociones positivas (como el agradecimiento, el disfrutar de las pequeñas cosas, la alegría) y favorecer los rasgos positivos de las personalidad”.

Además de trabajar interdisciplinariamente y en equipo, Utne recomienda la derivación a Salud Mental de todo paciente con una cardiopatía en cuya anamnesis se observen factores de riesgo psicosociales, para evaluar si será necesario un tratamiento psicológico, medicación psiquiátrica u otras medidas de apoyo.

“Así como los médicos piden estudios de laboratorio y un electrocardiograma, deberían hacer una evaluación psicosocial de los pacientes”, agrega Pereyra Girardi. “Si prestáramos más atención a los factores emocionales y detectáramos cuadros depresivos y de ansiedad, o falta de apoyo social, podríamos ofrecerles a los pacientes más herramientas para enfrentarlos y lograríamos más adherencia al tratamiento”, concluye la investigadora.

Agresividad y estatinas

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Algunas emociones negativas podrían ser un efecto adverso de ciertos medicamentos. Según un ensayo clínico publicado en Plos One, las estatinas se asocian con un amento de la agresividad en las mujeres posmenopáusicas, pero no en los hombres jóvenes.

“Ha habido reportes de individuos que desarrollan irritabilidad o agresión cuando empiezan a tomar estatinas, pero los estudios clínicos no mostraron esta asociación con el comportamiento violento. Hicimos, entonces, un ensayo porque queríamos saber qué pasaba en verdad”, explicó Beatrice Golomb, profesora de Medicina de la Universidad de California en San Diego y autora del estudio.

El ensayo se realizó a ciegas sobre mil estadounidenses de ambos sexos, que recibieron simvastatina 20 mg, pravastatina 40 mg o placebo durante seis meses. Las mujeres mayores de 45 años que tomaban alguna de las estatinas mostraron mayores niveles de agresividad que el resto. La mayoría de los hombres, en cambio, mostraron agresividad decreciente y, también, menores niveles de testosterona.

La excepción al patrón masculino fueron tres hombres que experimentaron un marcado pico de agresividad cuando recibieron estatinas. Dos de ellos, que tomaban simvastatina, también mostraron problemas para dormir. Los investigadores sugieren que quizás las estatinas generan problemas de sueño y éstos, a su vez, aumentan la agresividad. Como sea, “los resultados muestran que las estatinas no afectan a todo el mundo por igual”, reflexionó Golomb.

Para Carlos Tajer, ex presidente de la SAC, es difícil poner este hallazgo en perspectiva. “Las estatinas en pacientes de alto riesgo y, particularmente, en prevención secundaria han demostrado reducir la mortalidad, y no se han descrito modificaciones significativas de la personalidad, cambios del ánimo notables, suicidios o depresión en forma diferencial con el placebo”, refiere el jefe de Cardiología del Hospital El Cruce, de Buenos Aires. “En general, la agresividad y la disminución de la testosterona no es un efecto adverso frecuente o temible de estos fármacos, pero los datos no son definitivos”.

 

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